
Con cierta frecuencia la Naturaleza se complace en bromear, en jugar ella misma con la realidad que construye para el mundo y otorgarnos ejemplos que, en el caso del ser humano, acaso la única especie capaz de dejar registro y constancia de lo que existe, son capaces de perturbar los sentidos, en una suerte de arte natural que nos conmociona y nos toma por sorpresa.
En este sentido, la simulación parece ser uno de sus recursos preferidos, desde la mímesis de ciertos mecanismos defensivos de supervivencia, hasta la creación de elementos (como la pirita, el llamado “falso oro”) hasta organismos que simulan ser otros.
Como ejemplo de esto último tenemos al “agua mala”, una especie relativamente conocida que, a la distancia, tiene todo el aspecto de una medusa (de ahí otro de sus nombres: “falsa medusa”), pero la cual, sin embargo, es en realidad una suma de organismos, una colonia de zooides en la que cada individuo ha alcanzado un nivel de especialización tan notable que hace posible la supervivencia colectiva. Su amalgama es tal, que cada uno de estos simplemente no podría vivir por sí mismo.